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lunes, 12 de mayo de 2008

El texto del Nuevo Testamento


El Texto del Nuevo Testamento

Su transmisión, corrupción y restauración

Bruce M. Metzger


I

La fabricación de los libros antiguos


Hasta la invención de la imprenta con tipos movibles en el siglo décimo quinto el texto del Nuevo Testamento –y, ciertamente, el texto de cada registro antiguo- podía ser trasmitido solamente por copiar laboriosamente letra por letra y palabra por palabra. Por tanto, la consideración del proceso involucrado en la fabricación y transcripción de los manuscritos es de suma importancia para el historiador de la cultura antigua en general y para los estudiantes del Nuevo Testamento en particular. Las siguientes secciones tratan con aquellos aspectos de la paleografía
[1] griega que soporta la crítica textual del Nuevo Testamento.

I. LOS MATERIALES DE LOS LIBROS ANTIGUOS


Tabletas de arcilla, piedra, hueso, madera, cuero, variedad de metales, tiestos (ostracas), papiro, y pergamino (vitela), todos fueron usados en la antigüedad para acoger la escritura. Entre estos materiales diversos, el estudiante del Nuevo Testamento está interesado principalmente en los dos últimos, pues la mayoría de los manuscritos del Nuevo Testamento están hechos o de papiro o de pergamino.
La manufactura de papiro fue un negocio floreciente en Egipto, pues la planta de papiro crecía abundantemente en las aguas poco profundas del Nilo en el delta (cf. Job viii. 11, ‘¿El papiro puede crecer donde no hay pantano?’). Aproximadamente 12 o 15 pies de alto, el tallo de la planta, el cual era triangular en corte transversal y tan grueso como la muñeca de un hombre, se cortaba en secciones de aproximadamente un pie de largo. Cada sección se abría longitudinalmente y la corteza se cortaba en tiras delgadas. Una capa de estas se colocaba sobre una superficie plana, todas las fibras extendidas en la misma dirección, y encima se ponía otra capa, con las fibras extendidas en ángulo recto a la capa más baja. Luego se presionaban las dos capas la una con la otra hasta que ellas formaran un tejido –un tejido que, aunque ahora tan frágil que algunas veces se puede desmenuzar hasta hacerse polvo, una vez tenía una resistencia casi igual a la de un buen papel.
La manufactura del pergamino para propósitos de escritura tiene una historia interesante. Según Plinio el Viejo (en su Historia Natural, xiii. 21f.), fue el rey Eumenes de Pérgamo, una ciudad en Misia de Asia Menor, quien promovió la preparación y uso del pergamino. Este gobernador (probablemente Eumenes II, quien gobernó desde 197 hasta 159 a.C.) planeó fundar una biblioteca en su ciudad que rivalizaría con la famosa biblioteca de Alejandría. Esta ambición no le agradó a Ptolomeo de Egipto (probablemente Ptolomeo Epifanes, 205-182 a.C.), quien de inmediato impuso un embargo sobre las exportaciones de secciones de papiro. Este embargo fue el que forzó a Eumenes a desarrollar la producción de la piel, la cual del lugar de su origen recibió el nombre griego de περγαμηνη (de donde se deriva nuestra palabra española ‘pergamino’). Sea cual sea lo que podía pensarse de los detalles de esta historia –realmente el cuero (pergamino) se usó para los libros mucho antes de Eumenes –el meollo de esto probablemente es cierto, a saber que un pergamino de alta calidad se desarrolló en Pérgamo, y que la ciudad llegó a ser famosa en la manufactura y exportación de esta clase de material para escritura, ocasionalmente dando su nombre al producto.
El pergamino o la vitela (las dos palabras son usadas a menudo de un modo intercambiable, pero los escritores exactos restringen la palabra ‘vitela’ para describir a una más fina, superior calidad de pergamino) se hacía de las pieles de res, oveja, cabras, y antílopes, y especialmente de las crías de estos animales. Después que el pelo había sido removido por raspadura, las pieles se lavaban, alisaban con piedra pómez, y preparadas con cal. Las ediciones de lujo, según S. Jerónimo, quien no aprobaba tal extravagancia,
[2] fueron hechas de vitela teñidas de un púrpura intenso y escritas con tintas de oro y plata. Las ediciones ordinarias fueron escritas con tinta negra o marrón y tenían encabezados decorativos y las primeras letras coloreadas con tinta azul o amarilla o (más a menudo) roja –de donde la palabra ‘rúbrica’, de ruber, el latín para ‘rojo’.
La vitela o pergamino se continuó usando generalmente hasta fines de la Edad Media. En ese tiempo el papel, que se hizo de algodón, cáñamo o lino, habiéndose introducido en Europa desde la China por los mercaderes árabes, llegó a ser popular y suplantó otros materiales para escritura.


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[1] Las obras estándar sobre paleografía griega incluyen, por ejemplo, Viktor Gardthausen, Griechische Palaeographie, 2 vols. 2te Aufl. (Leipzig, 1911-13); e. M. Thompson, An Introduction to Greek and Latin Palaeography (Oxford, 1912); A. Sigalas, Ιστορια της Ελληνικης Γραφης (Thessaloniki, 1934); L. Gonzaga da Fonseca, S.J., Epitome introductionis in palaeographiam Graecam (Biblicam), ed. altera (Roma, 1944); A. van Groningen, Short Manual of Greek Palaeography (Leiden, 1940; 3a edic., 1963). Para una bibliografía adicional, ver el presente artículo del escritor ‘Palaeography’ en la Encyclopedia Americana, xxi (1958), pp. 163-6.
[2] En su famosa carta a Eustaquia, Jerónimo arremete contra la extravagancia anómala: ‘Los pergaminos son teñidos de púrpura, oro es disuelto en letras, los manuscritos son adornados con joyas, mientras Cristo está a la puerta desnudo y muriendo’ (Epist. xxii. 32; cf. también el prefacio de Jerónimo al Libro de Job, y ver Evaristo Arns, La Technique du libre d’ après Saint Jérome [París, 1953]). Escribiendo a una corresponsal llamada Laeta, quien le había preguntado cómo debería criar a su joven hija, él aconseja, ‘No sean tesoros para ella gemas o seda, sino los manuscritos de las sagradas Escrituras; y en esto ella piense menos del pergamino dorado y babilónico, y los modelos arabescos, que de la corrección y la puntuación precisa’ (Epist. cvii. 12). Para una lista de los manuscritos púrpuras existentes de la Biblia griega y latina, como también una discusión especial de las capacidades requeridas para producir un codex aureus puspureus, ver E. A. Lowe en Studies in Art and Literature for Belle da Costa Greene, edit. por Doroty Miner (Princeton, 1954), pp. 266-8.

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