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Deslinde

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viernes, 5 de septiembre de 2008

H. E. Dana y la interpretación

Vale la pena leer la advertencia que hace muchos años atrás expresara el profesor H. E. Dana:

Prevalece en la mente popular la noción de que la
interpretación es atribuir un significado plausible a la Escritura. Es decir,
generalmente se entiende que es atribuir un significado al pasaje, en vez de
descubrir lo que su significado realmente es. Se piensa en una interpretación
posible, se le aplica al pasaje en estudio, y si “se ajusta”, se considera que
es la correcta. El supuesto ex­positor es totalmente olvidadizo del hecho de
que el pa­saje fue escrito por un autor realmente vivo, cuyo pro­pósito
era el de transmitir una idea definida y que, en consecuencia, el pasaje tiene
un solo significado, y que aquel significado se encuentra en la superficie en
vez de estar "escondido en las profundidades de las Escrituras", como
frecuentemente se supone. Para muchas personas la idea es que mientras más
remoto y extraño sea el sig­nificado propuesto, más ingeniosa es la
interpretación. En efecto, la mente popular cristiana conceptúa la habilidad en
la interpretación, mayormente como asunto de una in­geniosidad divinamente
impartida para idear significados posibles, para la Escritura. Se olvida el
hecho de que la Biblia es una colección de mensajes vivos, nacidos de los
corazones y de las experiencias de hombres corrientes, y destinados para la
realización de ciertos propósitos cons­cientes, y que, por consiguiente, no
podemos interpretarla hasta que nos hayamos colocado en el mismo pensamiento y
sentimiento del autor del pasaje.Interpretación, propiamente definida, es el
esfuerzo de una mente de seguir los procesos de pensamiento de otra mente, por
medio de símbolos que llamamos el lenguaje. Estos símbolos del pensamiento
pueden ser escritos o ha­blados. Se emplean como el medio por el cual una
mente procura comunicar a otra el progreso de su pensamiento. El esfuerzo de la
otra mente de recibir esta comunica­ción del pensamiento es interpretación.
De modo que cualquier esfuerzo de una mente por entender el pensa­miento de
otra mente es interpretación, sea el modo de expresión escrito o hablado [Es
correcta la premisa de Johannes Behm que, desde que las hermenéuticas bíblicas
forman un ramo de la interpretación en su sentido más amplio, los principios
generales de interpretación se apli­can también a los libros de la Biblia,
siendo la única diferencia que los principios generales de interpretación deben
adaptarse al carácter distintivo de la literatura bíblica. Así que en la
interpretación del Nuevo Testamento nos encontramos en el terreno ancho y
general de la ciencia histórica. Vase Behm: Pnuematische Exegese, pp. 15 sig.].
Esto quiere decir que real­mente para interpretar, tenemos que pasar a
través del medio de expresión, hasta llegar al fondo, al estado de la mente que
se expresa. Entonces el único medio ade­cuado de la interpretación es el de
descubrir el estado to­tal de conocimiento que ha procurado expresarse. El
me­dio de expresión no es el asunto de primera considera­ción; la mente
que es expresa es el blanco que ha de al­canzarse. Por lo tanto, la página
impresa del Nuevo Tes­tamento no es el objeto final de interpretación. La
expe­riencia y los procesos de pensamiento del escritor mismo son los que
debemos procurar descubrir y desenvolver. Debemos acercarnos a un libro del
Nuevo Testamento con el pensamiento de confrontar una exhibición de
sím­bolos llamados la literatura, los cuales representan un es­tado de
conocimiento que existió en el antiguo pasado. La tarea ante el intérprete es la
de alcanzar y entender este estado de conocimiento. Por consiguiente, es
nece­sario ser conocedor íntimo de todas las condiciones exis­tentes que
influían en el conocimiento del escritor del Nue­vo Testamento. [El hecho de
que nadie puede por sí mismo adquirir un conoci­miento completo de todo el
fondo del Nuevo Testamento, no es razón suficiente para abandonar este método.
Behm justamente protesta contra el hecho de aceptar esta insuficiencia de un
claro conocimiento histórico de la Biblia, como razón para señalar una manera
nueva, que se presume ser superior al método histórico. (op. cit. p. 5).][1]

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[1] H. E. Dana, Escudriñando las Escrituras: Un Manual de las Hermenéuticas del Nuevo Testamento (tr. W. Q. Maer; El Paso: CBP, 1946), 13-15.

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